domingo, 13 de noviembre de 2016

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Memorias de un asesino internacional: No Ficción vs. Ficción

“Memorias de un asesino internacional”
Título original: “The True Memoirs of an International Assassin”
Director: Jeff Wadlow
EEUU
2016

Sinopsis (Página Oficial):

Él ha escrito una novela policíaca. Su editora la ha publicado como una autobiografía. Ahora, el autor se ve implicado a la fuerza en un atentado político en Venezuela.

Crítica Bastarda:

Resulta evidente que Netflix está dirigiendo su catálogo hacia una amplia gama de productos en el que se está notando cierta falta de firmeza/constancia en lo que films de producción propia se refiere. Tras la decepción relativa que supuso Mascots, “Memorias de un asesino internacional” aterriza en el portal de streaming como una oportunidad perdida de la que tampoco (seamos sinceros) se podía esperar mucho desde su trailer. Cierto es que la presencia de Jeff Wadlow podía esperanzar a algunos con una proposición condenada al lucimiento de Kevin James. Tal vez el problema de la cinta sea la vocación un tanto ciega hacia el carisma un tanto dudoso de su estrella, habitualmente anclada en ese tono tontorrón, infantil e intrascendente de su habitual compañero Adam Sandler. Es preocupante, además, que aquí echemos en falta el tono violento y gamberro mostrado por Wadlow en Kick-Ass 2: Con un par y sobre todo los aciertos de “Espías” de Paul Feig. Si contar con Melissa McCarthy se convertía en un aliciente, el timón y posesión del encuadre por parte de James se trasfigura en una clara debilidad. “Memorias de un asesino internacional” tiene, no obstante, una premisa que invitaba al optimismo al estructurar el film sobre un encuentro entre ficción y realidad. Todo el proceso de investigación que lleva a cabo Sam Larson para acabar su primera novela le lleva a un punto muerto en el que poner su guinda efectista al pastel con una frase rimbombante a modo de bala final en su recámara de guiños. En realidad, nos encontramos ante una historia en la que el protagonista se ve subyugado por su álter ego y la información facilitada por un veterano analista del Mossad interpretado por Ron Rifkin. Esos detalles realistas del relato original explotan con la decisión de la editora de Larson de publicar la novela dentro de no ficción como si de una autobiografía se tratara. Y, evidentemente, era cuestión de tiempo en el que algún medio (o posible cliente) se interesara en la figura de aquel hombre que bien pudiera ser el mítico Fantasma.


A partir de ese punto de giro, la comedia utiliza la confusión como su elemento primordial, transportando a Larson a ese enfrentamiento de esa ficción imaginada al verse secuestrado e inmerso en las intrigas venezolanas entre distintos y variopintos bandos enfrentados. Eludiendo un cuestionamiento y crítica política más allá del sumatorio de tópicos y clichés a la cara de toda república bananera, la cinta introduce la lucha de poder de un presidente y marioneta de la CIA, un general y líder narcotraficante y un mafioso metido en turbios negocios que también tiene sus diferencias con algunos de los bandos. El Fantasma tiene que hacer acto de presencia aunque Larson sea un farsante atrapado en el propio papel que el mismo creó y al que quedó sometido tiempo atrás. “Memorias de un asesino internacional” se aprovecha de las mecánicas del propio género y las situaciones rocambolescas que tiene que vivir su héroe para construir un entretenimiento tan intrascendente como efectivo dentro de sus escasos márgenes. Y es que esperar algo más que un largometraje de usar y tirar, de esos de «sofá y manta (con palomitas y refresco opcional)», resulta absurdo. Ni siquiera contar con un libreto escrito por el guionista de la inclasificable Grumpy Cat's Worst Christmas Everhace que la propuesta se beneficie de un acercamiento, aspecto y acabado metaargumental respecto a la comedia de acción que parodia e incluso frivoliza en su propio beneficio. Está claro que el juego de la propuesta es ver la ficción bebiendo de realidad y convirtiéndose en la misma, detonando la exageración y los mecanismos que la producen. El film de Wadlow, por el contrario, se ampara en una argumento tremendamente previsible que reitera ese enfrentamiento en su propio relato de la ficción y la realidad a la que se enfrenta su protagonista y álter ego para sobrevivir. Con la comunión establecida, aparece la ironía al disfrazar la realidad de ficción (y viceversa), dejando un espacio al idealismo como sonrisa final ante un conjunto carente de la explosiva comedia necesaria o momentos y personajes memorables salvo algunos rasgos excéntricos que no dejan huella. Otra oportunidad y bala perdida de Netflix para impactar en nuestro corazón que, al menos, no llega al nivel de otras defecaciones cinematográficas protagonizadas por Kevin James.

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