jueves, 12 de enero de 2012

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Los Descendientes: La sombra del silencio / Escala en Hawai

“Los Descendientes”
(2011)
EEUU
Director: Alexander Payne
Título original: “The Descendants”

Sinopsis (Página oficial):

Dirigida por Alexander Payne, creador de la película ganadora del Oscar “Entre copas”, la película “Los descendientes” se desarrolla en Hawái y sigue el imprevisible viaje que emprende una familia norteamericana en un momento crítico. Matt King, casado y padre de dos niñas, se ve obligado a reconsiderar su pasado y a encauzar su futuro cuando su mujer sufre un terrible accidente de barco en Waikiki. Matt intenta torpemente recomponer la relación con sus hijas –la precoz Scottie, de 10 años, y la rebelde Alexandra, de 17 –, al mismo tiempo que se enfrenta a la difícil decisión de vender las tierras de la familia. Herencia de la unión entre la realeza hawaiana y los misioneros, los King poseen algunas de las últimas zonas vírgenes de playa tropical de las islas, de un valor incalculable.

Crítica Bastarda:

De la reseña para Cinema ad hoc. 
  
1. La sombra del silencio

¿Cómo escribir sobre una película que ya lo cuenta todo en sus imágenes y diálogos? De un filme que se desnuda y enseña su propio discurso ante los espectadores de una manera tan intencionada y directa. Si empiezo a plasmar en un papel todo aquello que siento sobre “Los Descendientes” de Alexander Payne acabaré en el subrayado, me veré obligado a incluir lo que rodea a esa sencilla trama que hemos visto en otras (tantas) ocasiones… Llevaré la crítica al análisis y volverá a ser crítica porque, tal vez, pocas veces he visto una película con un guión tan solapado a su imagen. Como si fuera una sombra en la que es difícil discernir qué origina a qué. Quedará, por lo tanto, el silencio como vía de no desvelar la voz de su argumento y discurso. Podría hablar de la mejor interpretación de George Clooney, de ese nuevo descubrimiento para la gran pantalla llamado Shailene Woodley, del magnífico libreto de Payne y sus pulidas líneas que hacen variar la obra entre la comedia y el drama en una perfecta balanza… Podría escribir, escribir y escribir, pero sería una crónica superficial repleta de clichés que se han dicho anteriormente o que se dirán en el futuro. Porque, sí, esta película lo tiene como futura referencia en otras que ha intentando inútilmente en el pasado la suma de esos elementos sin el resultado correcto.

Nuevos horizontes para la comedia dramática
Podría buscar y plasmar los diálogos que ocasiona “Los Descendientes” con películas recientes como “Génova” de Michael Winterbottom, con la estela spielbergiana de la ausencia materna, con el llano de “Ponette” o con el espectro de la madre difunta que parecía reencarnarse y tomar el cuerpo de su hijo en “El noviazgo del padre de Eddie”. Podría ir incluso mucho más atrás porque hallar trazas y recorrer trazados suele formar parte de una crítica como referencia por ser la película-objeto ese ‘descendiente’ de logros pasados. Pero Payne es consciente del material y sus clichés y el truco es hacer parecer el fondo la forma: “Los Descendientes” es una perfecta comedia dramática, donde los instantes más catastróficos son apagados por elementos cómicos o silenciados por mecanismos integrados en el entorno donde se hallan sus protagonistas. Incluso el ukelele destrona la dramatización habitual en la banda sonora… Nada es artificial ni gratuito sino armónico. En “Pequeña Miss Sunshine” la catarsis familiar llegaba de los momentos más trágicos; conseguía congelar y aniquilar la risa mediante un giro macabro para reanimarla nuevamente mediante gags o frases desternillantes. El guión del autor de “Entre copas” va incluso más allá: la misma tragedia es capaz de convertirse tanto en un elemento cómico y dramático. Pura ambivalencia.

Drama, muerte, risas y catarsis familiar
Hay trucos, pero son expuestos anticipadamente. Existen clichés, pero son presentados previamente. Pero, sobre todo, vive una sombra silenciosa a lo largo de toda la película, como si de un alargado final de “Ordet” tomará cuerpo después de un prólogo que nos permite ver el éxtasis de la vida que será arrebatada. Sin palabras. El cadáver de Inger está vivo pero muerto al mismo tiempo y la asimilación de su partida y el perdón de todos sus seres cercanos en su lecho de muerte corresponderá a la práctica totalidad de la obra. No hay resurrección, ni flashback, ni pasaje onírico… salvo su paso al definitivo fuera de campo… a nuestra cuarta pared como espectadores; porque aquí precisamente un cuerpo inerte y silencioso se convierte en la sombra de todas las acciones que llevan a cabo los protagonistas. El eterno muro sobre el que otros chocan y donde logran revocar su lamento. En definitiva, la presencia de la ausencia.

2. Escala en Hawai

¿Cómo poder hacer un drama en Hawai con personajes que van descalzos, semidesnudos, lucen bermudas y, sobre todo, llevan unas horribles y chillonas camisas hawaianas? La puesta en escena de “Los descendientes son las raíces de sus protagonistas y su mayor defecto se encuentra precisamente allí, en esa trama sobre unos terrenos familiares que siempre han pertenecido a sus ancestros. Su posible venta y prostitución comercial se desarrolla en una trama secundaria que tal vez no se solape convenientemente con esa difícil interrelación paterno-filial. Las huellas que dejamos sobre el paisaje equivalen en cierta medida a la herencia que destinamos a nuestros hijos. Una metáfora, bella y pretendidamente ecológica, que se queda en meras intenciones e incluida a calzador. Resulta artificial, moralista y, en cierta medida, desorienta la película de su visión intimista. Esa pérdida del lado orgánico de la obra es uno de los elementos que me han parecido más flojos aunque “Los descendientes” sale, no obstante y contra pronóstico, indemne de tantear y bordear con muchos temas cercanos a un telefilme de esencia superficial y sentimentaloide. Sus brillantes recursos de guión son capaces de ofrecer las situaciones en escenarios que funcionan como colchón o distracción formal para dotar de brío dramático-cómico a la película. Gritos ahogados y situaciones cómicas como vuelta de tuerca que nos convierten en pequeños bebés que pasan de la risa al llanto interior… Tal vez, sea así, somos de nuevo niños frente a una pantalla de cine al presenciar por primera una comedia dramática a todo color, con retazos y clichés de otras anteriores y en la era menos dorada de Hollywood.

La tierra de (y para) nuestros hijos
A continuación una escala en un análisis con spoiler:

Pese al material inestable inicial, Alexander Payne decide utilizar el cliché y en sensacionalismo como discurso y diálogo previo antes de que tome acción. Alexandra (Shailene Woodley), por ejemplo, le comenta a su padre el sinsentido de ver el dolor ajeno ante una noticia devastadora o el propio Matt King (George Clooney) debe auto-dialogarse los clichés que acometen su vida. Ambos observan, a través de la rendija de la puerta, la funesta despedida de un padre a su moribunda e inerte hija… Previamente nos había colocado, como espectadores, en la cuarta pared como voyeurs de su tragedia. Como si el alma de la propia madre hubiera ya abandonado el cuerpo y les observara desde nuestra perspectiva. El diálogo visual y despedida final entre el marido y su difunta esposa es realizado desde un par de contraplanos que nos ubican en el interior de unas cenizas póstumas antes de ser arrojadas al mar. Pero no nos hemos convertido en las cenizas y Payne ha roto narrativamente la cuarta pared sino que la difunta ocupa nuestra perspectiva, a lo Louis Malle. En el mar establecemos ese segundo contraplano, esta vez con sus hijas, canoa y hula leis (de nuevo, el entorno y las raíces se apoderan de la puesta en escena), que actúa como despedida buscando la veladura proporcionada por el sol. Pero en el epílogo, silencioso y donde queda de nuevo plasmada la reconciliación familiar por la vía del silencio y similar incluso al realizado por Cronenberg en “Una historia de violencia” (versión yogur con sofá y manta hawaiana familiar), nos convertimos tal vez junto a la esposa nuevamente en esos observadores observados… Pero al igual que sucedía en “Vania en la calle 42” el pretendido teatro pasa a ser vida y nosotros, como integrantes y descendientes de otros, un mero espejo donde queda reflejada.

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